jueves, 11 de julio de 2013

Palantir Jota

Soy clemente con las adaptaciones cinematográficas porque el puritanismo, también de los argumentos, es casi siempre una pose. Algunos cambios de la trilogía de cine de El Señor de los Anillos respecto a los libros se comentan hasta la saciedad en un detallismo huero; apenas se habla sin embargo de otros que sí marcan diferencias. Uno es el papel de los palantiri en una u otra versión, en los tomos sabemos que hubo siete originalmente que servían para comunicarse a distancia entre los hombres de Numenor que fundaron nuevos reinos en la Tierra Media; cuatro se pierden de una forma u otra y en el momento en que empieza la historia quedan tres, por avatares muy variados, en manos de actores relevantes. Saruman encuentra uno en Isengard, Sauron toma el que halla al conquistar Minas Morgul y Denethor mira el de Minas Tirith. Los tres son poderosos y experimentados pero los tres se engañan con lo que ven y las decisiones equivocadas que toman por mirar les llevan a la perdición.



Saruman se encuentra a Sauron, quien le embauca con una exhibición de poder desmesurada (también sabe que no tiene el anillo y juega con la posibilidad de encontrarlo él primero y usurpar al señor oscuro) lo que le hace traicionar al Concilio Blanco. En Gondor, Denethor enloquece con la visión de Sauron que le empuja a la desesperación y el suicidio (esto ni siquiera se sugiere en las películas); pero el propio Sauron termina siendo engañado y calibra mal; por azar ve a Pippin y cree que es Frodo (que porta el anillo), al volver a mirar ve a Aragorn y a la espada Anduril, así que precipita su ataque a Minas Tirith. Esta exhibición de frikismo tiene por objeto destacar la reflexión moral que hay ahí sobre el papel de los medios de comunicación, porque usar un palantir es siempre en la historia una tentación a la que se sucumbe por soberbia. 


Hoy declara el director de El Mundo, Pedro J. Ramírez, ante el juez Ruz tras publicar dos papeles de Bárcenas, dos elementos muy valiosos en esta historia aunque lo importante se verá el lunes cuando lo haga el ex tesorero. No lo ve así el director del diario quien ya eligió el género epistolar --y es curioso porque los periodistas somos más del reportaje o la entrevista-- para publicar su conversación con L.B. Después nos anunció su visita a la Audiencia



Y ya, por fin, lo que es la noticia, no otra cosa que él mismo haciendo cosas.




Que el periodista no debe ser protagonista de la noticia es algo tan evidente que no sé si me asombra más tener que discutirlo o ver cómo Pedro J se regodea en la distorsión del mensaje como si encima fuera una lección de deber cívico.

A la hora que escribo esto no sé qué va a decir Pedro J ante Ruz, sé que tendré que leerlo luego con grandilocuencia. Tampoco sé qué dirá Bárcenas el lunes, ni si dirá algo Rajoy algún día o si lo que dijo en algún momento Esperanza Aguirre significa que dirá algo más adelante. Según pase se lo deberíamos ir contando, eso es periodismo, no tiene nada de mágico. Y el peligro del palantir está en que ofrece una visión parcial pero también por su capacidad para atrapar al que lo usa ofuscándolo en el propio objeto. En todo caso, quizá lo más gracioso de todo sea la aparente ingenuidad con la que el director trata de vendernos que es el narrador de la historia cuando todas sus acrobacias de saltimbanqui para que le miremos a él hacen más evidente que sólo es un personaje más de la historia.





 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Pedro Ojete, una vez más... cuando no es él autor de la primicia, se revuelve hasta erigirse en el protagonista de la misma. Y esta España de pandereta sigue tragando...