lunes, 22 de julio de 2013

¿Y si se rompiera el PP qué?




Es un hecho ampliamente aceptado el predomino absoluto del Partido Popular como receptor del voto conservador en cualquier grado, desde liberales y democristianos hasta la parte menos asilvestrada de la extrema derecha, ese tardofranquismo, franquismo sociológico, que asume que, en realidad, los esquemas de la última etapa de la dictadura --capitalismo de amiguetes en lo económico, centralismo tradicional en la organización del Estado, y visión hipócrita de la moral, con unos estándares distintos para la esfera pública y privada-- son la visión "normal" del mundo. También se suele asumir que el hecho de que sea así, que el PP consiga capitalizar (casi) todo el voto carca es una gran virtud y una suerte para el país, ya que sirve de freno para que grupos abiertamente ultraderechistas tengan presencia parlamentaria, como ha ocurrido en otros países de Europa.

Es, en parte, la tesis de Jorge Galindo en su último artículo en Politikon, al advertir del drama que sería, en esta situación de crisis económica sumada a una escalada de escándalos de corrupción, una ruptura del Partido Popular porque, cito, "una desintegración del sistema de partidos abriría (y mucho) la ventana de oportunidad para extremismos varios, de los cuales en España hemos estado felizmente libres hasta ahora. Es decir: el incremento de menú puede producirse perfectamente por los bordes del sistema."

No digo que no, es además un interesante ejercicio de política-ficción que siempre me parece fascinante. El caso es que, aquí en Asturias, somos expertos en escisiones del Partido Popular, hemos tenido dos exáctamente y aunque no pueden extrapolarse ni las causas ni las consecuencias de los episodios regionales al ámbito nacional, sí pueden servir de guía.

La primera escisión del PP asturiano sucedió durante su primer (y único) periodo de gobierno en una comunidad que es mito y bastión para la leyenda de la izquierda. Era presidente popular Sergio Marqués en coincidencia además con el primer ejecutivo de Aznar en Madrid. Todo parecía predispuesto para una luna de miel entre los gobiernos central y autonómico para toda la legislatura pero desencuentros personales con el entonces secretario general del partido y vicepresidente, Francisco Álvarez Cascos, terminaron en una ruptura tormentosa. Marqués, antes de dejar el gobierno (no había posibilidad entonces de adelantar los comicios) comenzó a oscilar hasta el regionalismo. Fundó Unión Renovadora Asturiana (URAS), logró tres escaños en el parlamento regional y luego fue languideciendo hasta apenas resistir con algunos concejales en varios municipios y un pacto con el Partíu Asturianista (el muy moderado partido nacionalista asturiano que también logró presencia parlamentaria durante dos legislaturas). El resultado fueron tres legislaturas consecutivas de gobiernos socialistas (una con mayoría absoluta y dos con pactos con IU).


La segunda escisión la protagonizó el propio Álvarez Cascos y también en esta ocasión optó por un perfil regionalista muy marcado --no se atrevió a reivindicar la condición de "nación" para Asturias pero a menudo usa el comodín de "país"-- a la vez que buscaba (y logró, de hecho) presentarse como outsider del sistema tradicional de partidos mayoritarios, capaz de pescar a ambos lados del espectro ideológico. Yo he escrito mucho en este blog sobre el auge y caída de Cascos en Asturias y no voy a repetirme, ahí está el archivo. Sí quiero destacar que, aunque no formalmente, el partido de Cascos tuvo y tiene comportamientos que asociamos a la extrema derecha. Es un grupo focalizado en el culto al líder (hasta el punto de que las siglas del partido son sus iniciales) y que en su breve etapa de gobierno se condujo con un sectarismo bastante radical que le impidió lograr ningún tipo de acuerdo en el parlamento y que, al final, le condujo a adelantar las elecciones. Por lo que yo he podido observar, Cascos sí logró captar la mayor parte del voto que antes he calificado de tardofranquista, pero no creo que en mayor medida que el PP. De hecho buena parte de quienes le votaron para el gobierno autonómico le abandonaron en los comicios generales para entregar toda su fuerza a la mayoría absoluta de Rajoy.

¿Puede trasladarse algo de esto a España? Las dos escisiones del PP asturiano trataron de pescar voto en el regionalismo moderado. Una ruptura del partido en España podría derivar en una escisión que tratara de capitalizar a los votantes más anti-autonomías, pero es algo en lo que se ha consolidado UPyD (creo, de hecho, que es más que probable que acabemos viendo un gobierno PP-UPyD y la próxima legislatura con la recentralización del Estado como eje de su programa). Más bien creo que la lección de Asturias más interesante es la del líder carismático. Si Cascos logró romper el partido del que había sido secretario general y ganar es porque se trata de la figura indiscutible del conservadurismo asturiano en toda la democracia y trabajó muy duro para fraguarse su imagen de hombre providencial. Una ruptura del PP que pudiera llegar a tener una presencia relevante tendría que apoyarse en una figura similar, es inevitable pensar en Esperanza Aguirre que siempre se ha vendido a sí misma como una suerte de Thatcher española, guardiana de esencias liberales. De hecho se rumoreó (y con visos de verosimilitud) que prestó más de un apoyo a la ruptura de Cascos con el PP; pero también creo que Aguirre sobrevalora sus posibilidades en general.


Imaginemos, en todo caso, (de esto va el asunto, de especular e imaginar) que hubiera una ruptura del PP, con una facción de la derecha soñada (sinceramente liberal y europeísta) y otro grupo pardo y castizo que agrupara el voto más extremista. ¿Cuáles serían las fuerzas de cada cual? No creo que los votantes del PP sean sinceros liberales (en España mola decirse liberal porque da mucha vergüenza decir que eres facha) pero ¿tanto sería el voto de la extrema derecha? ¿incluso en una situación de crisis? Tengo serias dudas.

Voy al punto del comienzo, yo no considero que el hecho de que el PP agrupe el voto más extremista sea una virtud sino al contrario. Es como si, en demasiadas ocasiones, todo un grupo que se supone centrado y moderno actuara como secuestrado por los más locos del partido. Es algo que vemos además ahora en la situación de crisis. Como los resultados económicos y de empleo no llega o van a llegar muy tarde, el PP se dedica a implantar una agenda muy muy conservadora en materia social, basta ver su reforma educativa y, sobre todo, la nueva ley del aborto. Todo para contentar a los más acérrimos de sus votantes ¿es la España real así? ¿beata y meapilas, clasista y casposa? En absoluto, ni siquiera buena parte del PP lo es, pero son presos de los extremistas. Quizá nos iría mejor con todos ellos en un grupo minoritario, aunque tuviera presencia parlamentaria.  
 

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