lunes, 14 de octubre de 2013

La desfachatez y tú




Esta semana la empezamos maravillados con la desfachatez de Jaime Botín, el hermano de Emilio, que se dedica a escribir artículos (uno y dos) de recomendación moral como alumno de la Escuela de Filosofía mientras la CNMV le abre expedientes y tiene que devolver a trancas y barrancas los millones de cuentas en Suiza. Tenemos un problema porque en España ya no es que los defraudadores no pasen vergüenza cuando les pillan en un renuncio, es que se sienten capacitados para impartir lecciones. Ojalá el caso de Jaime Botín fuera uno aislado, pero lo cierto es que es la generalidad. Cuando se reveló que el vicepresidente de la CEOE, Arturo Fernández, había pagado en negro a algunos de sus empleados ni si quiera se planteó dimitir. Dijo que se tomaría “un tiempo de reflexión”, se lo tomó, y luego volvió tranquilamente a sus quehaceres en la patronal que se reducen mayormente a conseguir contratos de la administración y exigir a los currelas que “trabajen más por menos” y que se esfuercen un poco más, que la cosa está muy mala y todos estamos en el mismo barco. No pasó nada.

Por una cuestión de impagos a Hacienda llegó a plantearse dimitir el presidente de la patronal asturiana, Severino García Vigón, pero luego –sin decirlo ni nada– se tomó también un tiempo de reflexión, midió con precisión su balanza de lealtades dentro de la FADE y decidió que no, que no dimitiría. Y ahí sigue, con el aplauso de buena parte del empresariado asturiano. Hay que recordar que Severino García Vigón fue de los primeros en reclamar que los parados que cobran la prestación por desempleo (algo que él y la patronal consideran caridad y no un derecho por el que se ha cotizado) fueran a limpiar montes para hacer algo útil y no vivir de la sopa boba del Estado. ¡Ah!, pero la desfachatez no se limita sólo al peculiar mundo empresarial español -de los más ineptos del globo, y esto no es una opinión, es una evidencia- también campa a sus anchas en nuestros sindicatos. Nada menos el secretario general de la UGT en Asturias ha sido condenado por “vulneración de los derechos fundamentales” del presidente del comité de empresa del propio sindicato; tampoco se le pasó en ningún momento por la cabeza dimitir ni nada parecido. Hagan cuentas que tenemos unas organizaciones patronales que respaldan como normal defraudar al fisco y unos sindicatos donde no es para tanto atentar contra los derechos de los trabajadores.

Todo esto es posible por lo que ha cuajado en España el lema fraguado por Camilo José Cela –brillante escritor y delator franquista– de que “Quien aguanta gana”. La apoteosis de esta divisa –que lleva más a gala que el “Se acerca el invierno” de los Stark en Juego de Tronos– es nuestro presidente, Mariano Rajoy, quien no sólo aguantó dos derrotas electorales impasible el ademán, sino que una vez lograda la ansiada victoria se ha dedicado a hacer todo lo contrario de lo que había prometido en campaña, a eludir a la prensa a través de pantallas de plasma o huidas por el garaje del Senado y esperar tranquilamente que pase el chaparrón de la presunta financiación irregular del partido que se intuye en el Caso Bárcenas. No pasa nada, Rajoy tiene tiempo de sobra y puede esperar. Si en España quien aguanta gana es sobre todo por la indolencia del resto, de los empresarios que dejan sus organizaciones en manos de defraudadores, de los trabajadores que disculpan desmanes de dirigentes sindicales y sobre todo, por encima de todo, de los votantes que no sancionan las corruptelas del partido que votan, del suyo, no de los otros. Eso es lo que importa.


*Artículo publicado en Asturias24

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