martes, 22 de octubre de 2013

Parot y la locura

Yo no voy a hablar del fallo del Tribunal de Estrasburgo sobre la Doctrina Parot que doctores tiene el Derecho, de sobra, y lo han explicado muchos muy bien. Voy a hablar de la reacción a esta sentencia --bastante previsible, la verdad-- entre la Asociación de Víctimas del Terrorismo, el Partido Popular y la carcundia en general, que se aproxima a la locura. Claro que, para eso, hay que remontarse a unos cuantos años atrás.

Durante mucho, mucho tiempo, la reacción institucional a los atentados de ETA era monolítica, no digo que buena o mejor que la de ahora, pero era así. Había un pacto, firmado en Ajuria Enea, por el que la práctica totalidad de los partidos trataba de alejar el debate político de la lucha policial contra los terroristas en un tiempo en que ETA mataba a mucha gente y con una frecuencia desesperante. Esto funcionó durante el larguísimo gobierno de Felipe González (y no obvio las etapas en las que hubo guerra sucia, pero es otro asunto) y los primeros tiempos del primer ejecutivo de Aznar. Pero algo cambió. ETA --que en sus inicios se cebaba especialmente en militares y guardias civiles-- comenzó a marcarse como objetivos prioritarios a políticos, y no siempre altos cargos --Aznar también fue víctima de un atentado fallido--, sino simples concejales a los que era sencillísimo aniquilar. También se ofreció al gobierno del PP un fallido proceso de paz, ese en el que Aznar llamó a ETA "movimiento vasco de liberación", que acabó con regreso al plomo. De la evolución de la lucha antiterrorista, sus tácticas y estrategias, también pueden hablar muchos otros mejor que yo. Más bien quiero apuntar el cambio que hubo en la forma en la que se rendía homenaje a los asesinados, cuando empezaron a recibirse los ataudes con aplausos, una cosa bastante llamativa porque los entierros son uno de los rituales humanos más dados a la tristeza, la amargura o el estocismo. De la compasión hacia las víctimas se paso a la admiración; y aunque esto a primera vista pueda parecer positivo por un extraño consenso social que lo ha promovido, no lo es y tiene además consecuencias bastante peligrosas. A la vez, el consenso de Ajuria Enea se fue al carajo, seguramente en parte por un cambio en el nacionalismo vasco de entonces, pero también porque el PP se quiso eregir en el único partido que ofrecía apoyo a las víctimas (que "siempre tienen razón") y también el único que luchaba eficazmente contra el terrorismo. Para hacer eso tuvo que empezar a difundir la sospecha de que los otros, todos los demás grupos y en especial el Psoe o los partidos nacionalistas, estaban conchabados con los terroristas. Fue una estrategia de "conmigo o contra mi" en la que sólo cabía la adhesión inquebrantable o la complicidad con banda armada. ETA mató entonces a Miguel Ángel Blanco, y la ola de solidaridad y unidad que recorrió todo el Estado (fue la primera vez que partidarios de Batasuna sufrieron acoso público en la calle, en plenos Sanfermines) se convirtió en un bocado demasiado jugoso para no convertirlo en un espectáculo. Literalmente:




También en ese homenaje a Miguel Ángel Blanco se resquebrajó la unidad y la confianza en que, aún desde puntos de vista distintos, se podía condenar el terrorismo con firmeza. Cuando José Sacristán empezó a parafrasear esa cita que se suele atribuir a Bertolt Brecht de "primero vineron a por los judíos, pero como yo no era judío..." llegó al punto en que también se perseguía a los comunistas y dijo "y como yo no era comunista" pero no pudo acabar. Le abuchearon entre increpaciones de que "sí eres comunista". Y esto fue paradigmático. Nos encontramos con una derecha que exigía la adhesión inquebrantable que comentábamos antes pero también sorda a cualquier explicación y orgullosa de su ignorancia. Ni siquiera entendían que era una cita. ¡Muera la inteligencia!

La segunda legislatura de Aznar exploró nuevos caminos en la difusión del todo-es-ETA gracias al gobierno tripartito de la Generalitat catalana en la que estaba ERC y que su dirigente de entonces, Carod Rovira (ahora no sabemos nada de él pero os aseguro que entonces Carod Rovira era la personificación de Satanás en la Tierra para la derecha española) se reunió con dirigentes de ETA para pedirles una tregua. Sibilinamente, la carcundia aseguró que ERC pedía tregua sólo para Cataluña y que además, en el colmo de los despropósitos Carod Rovira se apellidaba realmente Pérez y lo quería negar (esto es real, os lo juro).

Pero la apoteósis de todo esto llegó con el 11M y los tres días en los que Aznar trató de convencer al país contra viento y marea de que los atentados de islamistas radicales eran obra de ETA. Esto quebró para siempre muchas cosas. En mi opinión, dejó meridianamente claro que para el PP las víctimas no son un fin sino un medio, una herramienta electoral, pero muchas parecieron asumirlo con tranquilidad y hasta con gusto. La AVT, entonces dirigida por Francisco José Alcaraz, se apuntó gozosa a la teoría de la conspiración promovida por la carcundia más castiza en una espiral de locura que aún dura hoy.

En realidad, el atentado del 11M también contribuyó a poner fin al terrorismo de ETA. Por su repercusión internacional, porque los tiempos habían cambiado mucho desde el 11S, ETA muy a regañadientes ofreció un proceso de paz al nuevo ejecutivo de Zapatero, que acudió al parlamento (a diferencia de Aznar) para proponer a los grupos iniciarlo. Esto fue demasiado. El fin de ETA llegaba inexorable, pero en medio de una durísima legislatura en la que una de esas Españas que ha de helarte el corazón mantenía sin enmienda que ZP había llegado al poder apoyado por ETA en un atentado de bandera falsa, y el desbarre llegó a límites insospechados.

Fue así como los paladines de "las víctimas siempre tienen razón" pudieron llegar a decirle a Pilar Manjón (la presidenta de la asociación mayoritaria de víctimas del 11M) que se metiera sus muertos por el culo. Esto dicho por jóvenes que llevaban la rojigualda de capa. Ahora había víctimas de primera y de segunda. Cada paso hacia la desaparición de ETA era una cesión intolerable, que no hubiera bombas era señal incuestionable de que el Estado había sido derrotado por los terroristas. Finalmente llegó la declaración de ETA de abandonar la lucha armada y eso no se pudo acoger con alegría sino, de forma alucinante, como la prueba definitiva de la victoria de los terroristas. También así se puede acusar a una víctima del terrorismo de ETA de simpatizar con ETA.


Todos estos mimbres han contribuido a la reacción desproporcionada y absurda de una cierta derecha a la resolución de Estrasburgo de ayer. Hay muchas pero la resumen perfectamente la portada de La Gaceta:



Que la UE, que esa es la bandera a la que unen el símbolo de ETA, no tenga nada que ver con el Tribunal de Estrasburgo importa un bledo. La culpa de este fallo es de Zapatero; lo es, dicen porque puso a un juez proetarra en el tribunal que "acabó inclinando la balanza" y todo pese a que el fallo considera por unanimidad que la doctrina vulnera un artículo del Convenio Europeo de Derechos Humanos y que hay una proporción de 16 a 1 entre los magistrados que consideran que se debe proceder a la excarcelación de la etarra que presentó el recurso. Todo en vano, la locura debe seguir. Consuelo Ordóñez considera en El Intermedio que el PP debió haber puesto en el tribunal a un juez "de su cuerda"; la actual presidenta de la AVT, Ángeles Pedraza, pide que no se acate la sentencia, o que como la Justicia española es muy lenta, se demore intencionadamente. En el colmo de la distinción entre víctimas premium y de tercera clase dice que los represaliados del Franquismo no se pueden comparar en su ansias de justicia y equidad y que es "vergonzoso" que reciban "más subvenciones", ¡ay amigo!     

Hasta aquí hemos llegado. El PP tiene que enfrentarse ahora a las consecuencias de esta larga estrategia. Serán (ojalá lo sean pronto) los administradores del final de ETA y tendrán que hacerlo en un clima de chiflados promovido por ellos mismos en el que cualquier paso, un acercamiento de presos, una medida de gracia para arrepentidos, será inevitablemente un triunfo de los terroristas hasta su disolución final. O quizá no, tendrán la suerte de que nadie, salvo sus propias criaturas, les acusarán de pactar con ETA. Suerte de que todavía haya gente con cordura, lo que no quiere decir que no tengan memoria.

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